miércoles, 17 de enero de 2018

MANTAS PARDAS

“Ortega y Gasset dijo que la vida se nos entrega vacía. El oficio de escritor, por su capacidad de imaginar, debe crear algo bueno y útil para los demás que ayude a vivir” Richard Ford

Encontré a Pedro una noche de otoño en esa Castilla que, en días de diario, se apea temprano de la vida mundana; oí las campanadas del reloj dar las diez. Caminaba deprisa, la acera era ancha, los arboles desmembrados y apenas un autobús vacío pasó por la calzada. Un vientecillo suave cosquilleó el silencio hasta que fue roto por un ronquido bronco, profundo. Aminoré el paso, incluso volví la cabeza y lo único que pude ver fue, en un rincón de un antiguo edificio de banca abandonado, un bulto tapado por una manta parda que subía y bajaba armoniosamente. Mis ojos no se acostumbran a ver esa imagen que tanto desamparo me infunde. Sin embargo, este verano volví a contemplar estas escenas en la Bretaña francesa. Entonces se me antojó pensar que, tal vez, era una postura contra el capitalismo, una forma de reivindicar otras formas de vida, pues aquellos rostros anónimos estaban lejos de la tristeza. Exhibían complacencia, hasta alegría.

A la mañana siguiente salí temprano a pasear a Gazpacho, un terranova que todo lo que tiene de grande lo tiene de bueno, aunque hay algo que le sobreexcita y no he llegado aún a comprender por qué después de tres años unidas nuestras almas de perro y humano. Cada vez que ve a un mendigo, se pone a ladrar desaforadamente; he tenido que dejar de pasar cerca de las iglesias pues a ciertas horas hay muchos inquilinos haciendo colecta. Sin embargo, esa mañana fue distinto. Gazpacho iba suelto husmeando todo lo que encontraba al pasar cuando, de repente, vino una nube a descargar tanta agua que el mismo Gazpacho fue corriendo a refugiarse en el primer sitio que encontró; el antiguo edificio del banco.

El perro llegó y se aposentó en un extremo dado que el otro estaba ocupado por un hombre cuyos ojos apagados contemplaban mansamente aquella agua que caía. A su lado, un perrillo “Mil leches” en la misma actitud que su amo. Yo me puse al lado de Gazpacho tratando de sujetarle por el collar temiendo que en cualquier momento se le cruzaran los cables y se pusiera a ladrar al mendigo. Pero no.

El contemplar el agua rabiosa era una escena, la verdad, fantástica. Relajaba tu mente, abría las compuertas de alguna sensibilidad dormida. Tan imbuida estaba en la escena que fue Gazpacho con un lametón el que me despertó.
-          ¿Un café? -giré la cabeza y el hombre me tendía un vaso humeante de un termo. En su boca se desplegaba una media sonrisa ácida que, a mí, no sé por qué, me supo a azúcar. Dudé unos segundos en aceptar o no aquel vaso que se me antojaba sucio, pero aquel brazo insistente y confiado, hizo que el mío saliera a su encuentro y que, por fin, mi mirada paseara por aquel rostro.

Mis ojos, desvergonzados y descarados, subieron y bajaron mil veces por una barba descuidada de hebras de plata, por una boca de labios finos y dientes amarillentos, por una nariz golfilla de ave rapaz, una frente de surcos profundos y una mirada tan honda que taladró a la mía. No sentí daño ni duelo en sus ojos pardos y anónimos, y leí tantos capítulos en ellos que me sentí afortunada. Fue un lenguaje de ausencia de palabras donde los gestos nacen para contarte que no siempre es mala una decisión descabellada, ni mucho menos descartar por simples apariencias, pues la verdad posee muchas formas.

Dejó de llover, despertaba la ciudad y el silencio se evaporaba para mejores momentos. Solté a Gazpacho y dije.
-Me llamo Rebeca. Tengo una manta en casa en desuso. Da mucho calor, no abulta y pesa poco, ¿me la aceptas?
-Yo me llamo Pedro. Pillo y yo estaremos encantados con tu regalo.

Hay pobrezas inexorables; mis ojos tardaron un buen rato en despegarse de su rostro marcado por demasiadas añadas malviviendo, o los estragos producidos por el deshoje de la margarita existencial, pero para nada arrepentidos… Quién sabe lo que lleva a un ser humano, además de la pobreza, a tirarse al asfalto y hacer de él una escuela de vida.

miércoles, 10 de enero de 2018

LA ENTREVISTA

Es sanísimo reírse de uno mismo. Es más, deberíamos comenzar el día haciéndolo. Yo me doy motivos constantemente.

Esta mañana, haciendo memoria, he soltado una carcajada al silencio; este me ha mirado como diciéndome “Muñeca, no tienes solución” y lo mejor es que Silencio tiene razón…

Era un 26 de diciembre cuando el teléfono comenzó a sonar muy temprano. Miré y era un número desconocido; no cogí la llamada. La pena, la tristeza, colgaban de mis solapas pues la pérdida de mi perro me había hundido en un caos emocional. El teléfono insistió un par de veces más y mi actitud no varió.
Me fui a la ducha, me disfracé de persona feliz y me encaminé a la estación en busca de una prima; ese día teníamos reunión familiar.
 El teléfono volvió a sonar y mi prima me dijo “Mujer, coge la llamada” y yo contesté “Seguro que es para venderme algo” La mirada de Mari me hizo recapacitar y descolgué:
-Diga… Antes de comenzar a hablar ya digo que no quiero comprar nada, muchas gracias y feliz navidad.
-No quiero vender nada. Deseo hablar con Ángeles Cantalapiedra.
-Ahora me va mal. Me voy con mi familia al manicomio-bien podía haber dicho que me iba a ver nacimientos al antiguo manicomio de Valladolid, pero abrevié-… De todas formas, ¿qué quería, usted?
-Soy, Virginia, de CanalSur Radio y quería entrevistarla.
-¿A mí? Si no he hecho nada-mi mente siempre muy centrada.
-Es sobre su novela Sevilla…Gymnopédies.
-¡Ah! Llámeme en una hora, gracias- y colgué. Así de simple y gilipollas suelo ser.
Cuando recapacité, vinieron a visitarme los nervios, la emoción, los remordimientos; todos juntos y revueltos.
A la hora prevista, me salí del manicomio a esperar la llamada. Puntual como un rayo. Pedí disculpas, me dieron instrucciones y me pusieron la música de Gymnopedies de Eric Satie. ¿Qué hice yo? Pues llorar un poquillo, se me da de cine, ¡me trajo tantos recuerdos y tan bonitos de la novela! Entre las lágrimas y la locutora que comenzaba a hacerme preguntas, no me di cuenta que a mi lado había alguien tratando de secarme las lágrimas. Del susto me aparté y me fui a sentar en una jardinera; el intruso vino y se sentó a mi lado. Me sonreía, pero su sonrisa era una nube perdida en un día lluvioso y su mirada la de un ángel caído en un mundo incomprendido.
Yo contestaba a las preguntas mientras fumaba y “mi álter ego” me pedía un cigarrillo; terminamos a pachas fumando el único cigarrillo que tenía. Del nerviosismo, debí de dar a un botón y la voz de la locutora salió de mi oreja para que mi compañero la escuchara. Él, al oír aquella voz tan bonita, quiso también hablar. Yo le retiraba, pero era inútil. No obstante, algo debí de decir que él calló mirándome con los ojos muy abiertos. Cuando me despedí de Virginia, mi acompañante aplaudía alegremente. Le miré y me puse a acariciar sus hombros.
-¿Cómo te llamas?, ¿te has escapado?
-Soy Manuel y, ¿tú?
No dio tiempo a mi respuesta; vinieron a buscarle.

Ahora que mi cielo personal comienza a estar limpio de chubascos, me he acordado de aquel día. No sé si tendré la oportunidad de volver a ser entrevistada pero esta, en concreto, la guardaré entre una carcajada y una ternura infinita.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

CHOCOLATE PLAYERO

Aquella mañana me sentía una princesa de ésas que salen asiduamente en las revistas en las que parece que el mundo está para satisfacer sus necesidades, y que el ocio ocupa una parte importante en sus vidas. Íntimamente me preguntaba si se me notaria mucho que no era de ese gremio, sino una simple currante que se había gastado los escasos ahorros en un viaje y, ahora, estaba tratando de emular un estilo de vida que no era el suyo. En el fondo, daba igual que se me notara o no, la sensación era lo suficientemente placentera como para deleitar los cinco sentidos tan tocados por la realidad.

El entorno era exactamente el de los folletos de viaje: apoltronada en una tumbona bajo una sombrilla de paja, frente a un mar de agua turquesa cuyas aguas eran el cristal que te hacía ver el vaivén de peces de colores. Por la orilla, paseaban mujeres igual que estuvieran en una pasarela exhibiendo estilo y belleza. Cuerpos modelados en un gimnasio, pechos formados a la sombra de un bisturí igual que sus labios o narices. La piel parecía seda dorada acariciada por unos rayos de sol exclusivos para ellas. Sinceramente, estaba extasiada por aquella exaltación de armonía donde el entorno de roca veteada de pinos y una arena, tan blanca y fina como una lluvia de gluten, que parecía el escenario ideal para que hombres y mujeres, de una especie que no te encuentras normalmente por la calle, pudieran saborear un manjar hecho para unos pocos... Y allí estaba yo jugando a princesas imaginarias.

Cerré por unos instantes los ojos para sellar aquella escena en la memoria y grabar en mis pulmones el aroma de alga y salitre cuando, de pronto, sentí algo sobre mí. Desperté del ensueño y me encontré un rostro pintado de noche en cuya boca estaba colgada una luna risueña.
-Señorita: Gucci, Dior, Prada, Vuitton...
Me incorporé ante el magnetismo de aquella sonrisa y unos ojos que me expresaban más de un océano incompresible para mí. Me quedé mirando la mercancía sin saber bien lo que veía hasta que reparé en el traje blanco del hombre: una especie de túnica inmaculada cubría el azabache de su piel; era realmente hermosa la fotografía que mis ojos despistados contemplaban. Entonces, le devolví la sonrisa a la par que le preguntaba de dónde era. Él, sentándose con naturalidad en la arena y expresándome una alegría inusitada, paró el reloj del tiempo y me comenzó a narrar un retazo de su vida mientras el sol iba girando sobre nosotros mismos.
A cada cosa que me contaba, yo lo preguntaba más y más y él, obediente y satisfecho, me iba contando las edades de sus cinco hijos, el nombre de sus dos esposas, la tierra que araba de noviembre a abril en la lejana Guinea y, en mayo, cogía un barco para hacer el verano en las islas; así llevaba once años. Me contó que España ya era un poco su casa, la policía, sus amigos, y que la gente le trataba con amabilidad, aunque, el mismo día que partía de Guinea, ya estaba añorando volver.
No sé cuánto tiempo estuvimos juntos... Le vi partir y aún tuvo tiempo de volver la cabeza para saludarme una vez más y regalarme media luna risueña colgada sobre la noche de su cara.

Me levanté a caminar por la orilla mientras la espuma del agua jugaba entre mis dedos y sobre el horizonte el sol se despedía tiñendo mi cuerpo de princesa ficticia en el color de las fresas... Entretanto, mi mente se bañaba en un dulce y tierno chocolate.

PD. Se me olvidaba contar que le compré dos bolsos..., aunque eso para mí fue lo de menos.

sábado, 9 de diciembre de 2017

LA CARTA


Pontevedra, 14 de febrero, 2016

Mí querido Miguel…
No podía creer lo que mis ojos veían, cuando este domingo de invierno tan lluvioso y nostálgico, se me ocurrió abrir el buzón. Una ola de sentimientos acalorados, locos, titubeantes y tímidos, se alojaron todos a la vez en mis manos al reconocer tu letra, tan fina, tan varonil, tan tuya.
Subí las escaleras con las energías que me ha quitado el tiempo pero que tu carta me ha devuelto por unos instantes. Me he encerrado en el baño con las lágrimas descontroladas por la emoción del ayer que regresaba a mi hoy.
Has logrado emocionarme, cosa que ya creía imposible. Leer tu alma hecha letra me ha conmovido, y me ha hecho recordar sentimientos que guardaba con celo, miedo y nostalgia.
Si te soy honesta, nunca me quise desprender de ellos pues era el recuerdo más bonito que tengo de mi faceta como mujer. De pronto, se han agolpado en mi mente aquellos tiempos en que paseábamos nuestro amor a escondidas, la vida por aquel entonces no era fácil, pero tú te supiste adaptar a mí sin reprocharme nada ¡Gracias! Creo que nunca te las di por todo el cúmulo de sensaciones que me regalaste sin esperar nada a cambio, de sobra sabías que en cierto modo era una mujer fiel a otro hombre, y que jamás me separaría de él
¿Fui cobarde, egoísta? Un poco de todo, Miguel. Pesaba mucho la educación, los hijos, la bondad de mi marido…, no le podía abandonar, yo le respetaba, le quería mucho, y a veces el sexo y el amor parecen ir por caminos distintos. Tú aún tienes mi alma y mi cuerpo. Él, mi corazón. Nunca he visto  y comprendido de manera tan nítida como ahora mismo, la dualidad que hay dentro de un ser humano, cómo conviven ambos dentro de los paisajes del alma.
Miguel, me enseñaste a dar vida a mis horas y aún en la renuncia que me supuso dejarte marchar, tu amor prende una llama constante en mi ánimo para seguir caminando, ahora lo comprendo. Me equivoqué al pensar que eras pasado y que mi presente era otro. Mi presente es la vida que llevo, el día a día de entregas, sonrisas y algún llanto. Es mi realidad inequívoca. Sin embargo dentro de mí yace otra vida adormitada pero que corre por mis venas, silenciosa, dulce, cadente. No, no te tenía relegado en un cajón sino que vas parejo a mí en el día a día aunque nuestros cuerpos no se unan ni los ojos se regalen la fotografía de nuestro físico.
De verdad, me ha parecido muy hermosa tu carta, hasta romántico el gesto de llegar por correo tradicional, ese que ya sólo lo utiliza la gente mayor o ¿acaso la edad ya está haciendo mella en nosotros? Da igual, he recuperado la magia de abrir el buzón y encontrar  noticias de mis seres queridos.

Siempre, siempre te amaré.

Carmen

jueves, 30 de noviembre de 2017

NADA

Hoy, en muchos días, es el primero que duermo profundamente y con la mente en blanco, tanto que he pensado que mi intelecto ha estado toda la noche en una nube algodonosa en total reposo. Al despertarme, he notado algo duro bajo la almohada, lo he sacado y al verlo he sonreído. Lo he acercado a la nariz para que su aroma añejo endulzara mis tristezas. Después, he pasado la palma por su lomo. Áspero y marchito, ciertamente deteriorado y endeble, una presencia pobre, pero hace setenta años era lo que había después de la gran guerra fratricida y una España comenzando a caminar por caminos sin hacer.
Metida en las sábanas de hilo que una vez bordó mi madre, mi pereza placentera era la de seguir en el refugio anti bombardeos mundanos dejándome llevar sin rumbo por recuerdos vagos mientras apretaba el pequeño tesoro contra mi pecho…

No alcanzaría un palmo del suelo cuando me ponía de puntillas para ver el escaparate que había en la plaza España de Valladolid. Me sujetaba como podía al borde del escaparate y miraba y miraba. Cuando abrían la puerta sonaba una campanilla y se escapaba el aroma de una goma de borrar o a papel sin estrenar.

Crecí un poco más y entonces encontré mi lugar soñado, mi estatura alcanzaba perfectamente el campo de visión. Aquel lugar mágico estaba en la calle Panaderos, era una tienda chiquita con dos escaparates igual de pequeños. En uno exponían bolígrafos, lápices de colores, cuadernillos y gomas de borrar de todos los tamaños y formatos. En el otro, se exhibían el mundo de los sueños en forma de cuentos, novelas. Recuerdo que iba de un escaparate a otro apoyando las dos manos en los cristales dejando mis huellas menudas. Un día de finales de invierno, un veintiuno de febrero, era el cumpleaños de mi padre, metí mi mano derecha en el bolsillo y palpé las monedas y entré.

Había que bajar un peldaño de manera gastada y con temblor abrí la manilla sonando una alegre campanilla; es el recuerdo más bonito de mi infancia, creo que me desdoblé. Mis ojos revoloteando en las estanterías, en el mostrador. Mi olfato, absorbiendo ese aroma que regala el papel, los lápices, las gomas de borrar, y mi corazón galopando en sensaciones infantiles.

Puse encima del mostrador mis monedas y pedí el libro más barato, era un regalo para mi padre. La mujer se bajó los lentes hasta pararlos en la mitad de la nariz y me miró de una forma rara, luego se metió en la trastienda y al rato salió:
-Esto es lo más barato que tengo. Tiene casi treinta años, pero se conserva en buen estado.
Leí la cubierta “Nada” y debajo estaba escrito Carmen Laforet.
Me lo envolvió de manera muy mimosa, se quedó con todas mis monedas y salí.

Mi padre nunca leyó esa novela, pero cuando murió, busqué entre sus cosas y la encontré en el cajón donde guardaba sus pertenencias más valiosas.

Ya no adornan esas pequeñas librerías en este paisaje sin corazón, pero de ellas tengo este libro de piel marchita que en su interior está repleto de racimos de palabras sabias, de poesía en versos asimétricos.

domingo, 26 de noviembre de 2017

HUEVOS FRITOS CON TRANQUILIDAD

Un hombre, una mujer, se hacen a sí mismos, tal vez se inventen un personaje, lo hagan suyo y al final vivan en la piel de una mentira, ¿por qué no? Nadie más que ellos lo sabrán, hoy nadie tiene tiempo para descubrir al otro. Lo malo es si un día tienes el tiempo, la templanza, la tranquilidad, la sinceridad para preguntarte a ti mismo quién eres, ¿el triunfador, el farsante, un pobre hombre? Porque ahora se piensa mucho, quizá demasiado, pero no se piensa hacia dentro sino para expandir redes y más redes para atrapar, cazar salvajemente, como hacían nuestros antepasados. Pescar ideas, tormentas, miles de tormentas de ideas para después conformar una sola, lógica, potente, firme. Y cuando llega el final del día y descorchas una cerveza, miras como se derrama la espuma sin saber siquiera qué es lo que está saliendo por la boca de la botella; has llegado al final de tus horas con la cabeza tan hueca, tan llena y vacía a la vez que eres incapaz de dar un paso más. De nada ha servido rodearte de apetencias, de deseos si no los ves, si no los sientes… Te has convertido en un muerto viviente.
Todo esto se va diciendo Pablo según va conduciendo camino de alguna parte después de que su sesera reventara y su corazón dijera basta ya. Era uno de los pocos afortunados en su país de tener trabajo y disfrutar de él porque Pablo vivía para el trabajo, lo único que de verdad sabía hacer bien. Claro, por el camino dejó muchos cadáveres, el más importante: el mismo.
Tuvo gran fortuna de ser hijo de un padre al que se le abrían puertas con facilidad. Él, un brillante estudiante que a los veintidós años había acabado su doble licenciatura y al mes de tener sus títulos en el bolsillo, dominando el inglés y el alemán casi como su lengua materna, ya estuvo trabajando. Nunca fue un trepa que pisa según escala; no le hizo falta, insisto, era brillante como brillantes sus relaciones humanas. Siempre tuvo pandilla de verano en Ciudadela, cuna de su madre, pandilla del colegio, amigo de sus amigos, buen hijo, buen hermano. Insisto, brillante. ¿Qué pasó, entonces? Pablo sólo sabe que no sabe nada. Treinta y siete años y cayó fulminado.
Lo que a él le pasaba, había pasado a muchos en la década de los ochenta cuando aparecieron los hermosos y ampulosos yuppies, pero estamos hablando del dos mil catorce en una España con seis millones de parados; Pablo un parado forzoso, no por falta de trabajo sino por el puto y maldito trabajo. ¿Y ahora qué, Pablo? Se volvía a preguntar mientras la noche comenzaba a llegar. Miró el GPS y le marcaba que en noventa kilómetros llegaría a su destino.
Se lo había recomendado, su psicóloga que a su vez se lo había recomendado una de sus hermanas la primera vez que fue; no discutió, le pareció bien porque se fiaba de ella… El rostro de Ana, apareció en el parabrisas… Sí, era su forma de mirar, su gesto concentrado, su media sonrisa, lo que le daba a Pablo confianza y a dejarse llevar por una voz que le salía de dentro clamando ayuda, ayuda a gritos. Estaba harto de tomar pastillas, le hacían perder el control de sí mismo. Él quería sentir cuando respiraba, cuando las náuseas guillotinaban su garganta, cuando, de repente, sin saber el porqué, se le llenaban los ojos de lágrimas y lloraba hasta caer extenuado… Y las pastillas le anulaban, le privaban de ese dejarse arrastrar por los sentimientos inteligibles.
El coche comenzó a trepar por la montaña, una montaña pelada, como si al final fuera a estar tan pelada como al principio, pero no, al terminar la enésima curva comenzaron las primeras luces para dar paso a calles estrechas y empedradas, ensortijadas y de luz tan pobre que era noche oscura, negra como su alma… Su pensamiento fue interrumpido por la voz del GPS que le indicaba que había llegado a su destino. Frenó casi de golpe y sin darse cuenta un hombre le abrió la puerta poniéndose la mano derecha en el corazón. Pablo casi ni le miró entrando rápido en el hotel; tenía sueño, mucho, ni hambre así que según le dejaron la maleta y él dio un billete de cinco euros al muchacho que le había subido el equipaje, se dio una ducha y desnudo se metió en la cama. Por primera vez en meses agradeció el roce de unas sábanas frescas y su cabeza encima de una mullida almohada; se durmió al instante.
El cacareo de un gallo, hizo que Pablo se revolviera con gusto en la cama y ya con un rayo indiscreto colándose por alguna rendija, hizo que entreabriera los ojos. Primero no supo dónde estaba, segundo, desistió de preguntárselo. Se levantó despacio, entumecido el cuerpo, estirándose con ganas, y se acercó hasta donde provenía la luz. Forcejeó unos instantes con la cerradura hasta que atinó y se abrió. Delante de él, una coqueta terraza con una enorme sombrilla una mesa y dos sillones; pero Pablo no los vio. Sus ojos estaban embrujados con el horizonte. El cielo era añil con un mar infinito del color del cobalto que llegaba a tierra, a una playa tan infinita como aquel océano de agua salada. Unas risas le sacaron del hechizo. Miró a su izquierda y vio en la terraza de al lado dos chicas mirándole y riéndose a carcajadas… “De qué se reirán estas estúpidas”, pensó al mismo tiempo que se daba cuenta de que estaba desnudo. Se fue corriendo hacia el interior al mismo tiempo que iba tomando conciencia del hambre que tenía; cogió el teléfono y pidió que le subieran un café con algo.
Al salir de la ducha se encontró que en la terraza le habían dejado un suculento desayuno; tenía prohibido el café después de haberse tomado diariamente litros para estar despejado, para rendir más, pero sus nervios fueron tocados y no había vuelto a tomarlo desde hacía cuatro meses, pero el olor que salía de la cafetera fue más fuerte que su voluntad y se puso uno, sólo uno que lo saboreó lentamente, tomó conciencia cómo el líquido caía por su garganta dejándole un pequeño placer inexplicable. También troceó una pieza de bollería crujiente, dulce, de masa suave y tierna que le supo muy bueno. Después se vistió y salió a la calle sin rumbo, sin saber ni qué hora era; se sorprendió al darse cuenta que llevaba más de veinticuatro horas sin mirar el reloj, cuando ese gesto era un tic más de su persona: estar constantemente mirando las manecillas del reloj, incluso hubo varios días que su vista estuvo clavada en la manecilla del minutero. En aquella ocasión le encontró su padre que gracias a su comentario le devolvió al mundo “Pablo, se te han quedado los ojos redondos, como una esfera” Le dio la risa al escuchar la expresión de su padre, pero ni siquiera fue consciente de que se estaba riendo. Y ahora, sin saber por qué, se había desprendido del tiempo mientras bajaba por aquellos rizos de calles y paraba a leer un cartel que le decía que por esas calles habían pasado musulmanes durante más de cinco siglos.
En su no saber a dónde iba, topo con un estanco y entró a comprar tabaco, también lo tenía prohibido pues en sus peores momentos se llegó a fumar cuatro cajetillas de tabaco; no lo probaba desde hacía seis meses, pero algo dentro de él pedía probar al menos uno. Mientras esperaba a que le atendiera una mujer cuyos movimientos parecían ralentizados por algún hechizo raro, se dio cuenta que en una de las paredes había un teléfono público, pensó que ese tipo de teléfonos ya habían desaparecido de la faz de la tierra con el uso de los móviles, pero allí estaba el teléfono de antaño, pulcro y dispuesto. Rebuscó en uno de sus bolsillos para encontrar unas monedas y trató de memorizar el teléfono de sus padres y marcó. Al instante escuchó la voz de su madre, acelerada como siempre pero cuando oyó la voz de Pablo se transformó en el jardín de la alegría. Lo primero que le preguntó cómo estaba pues le habían estado llamando a su móvil y no había contestado. Pablo fue consciente, una vez más desde que había emprendido su viaje, que se había olvidado de su otra arma arrojadiza y que tanto le había dañado: el móvil. Tranquilizó a su madre, la contó cómo se sentía y se escuchó así mismo decir “Mamá, estoy bien, muy bien y no sé por qué”, aunque su madre le pilló en un renuncio cuando le preguntó “Hijo, ¿Te gusta Vejer?” La mente de Pablo se quedó en blanco “¡Dios!, Pablo, no sabes ni dónde, coños, estás” … Salió un tanto desanimado del estanco dejándose arrastrar calle abajo hasta que fue recobrando el ánimo poco a poco “Pablo, despacio, no pasa nada, sigue adelante”, le decía esa vocecilla tímida y basculante que surgía de sus entrañas mientras sus ojos se iban inundando de la cal de las fachadas de las casas.  “Están inmaculadas, parecen vírgenes expuestas”, pensó mientras comenzaba de nuevo a hallar el placer contemplativo.
Es cierto que tuvo otro lapsus mental cuando se dio cuenta de que no había controlado sus pasos, ni que había sido consciente de que había tomado un camino hasta llegar a un gran arenal. Su consciencia se evaporaba tan frecuentemente que ni los ejercicios de relajación le habían servido para mucho. Sin embargo, al aterrizar de nuevo y contemplar aquella arena limpia, fina y rubia, presintió que dentro de él se abría una nueva compuerta. Gateó hasta llegar a la cima y poder contemplar la belleza majestuosa del lugar. Apenas había gente, dos hombres charlando en la orilla mientras sus cañas de pescar las cimbreaban suavemente el viento, una mujer mayor con chiquillos revoloteando a su alrededor y nadie más.
Se acercó a la orilla, se quitó las alpargatas y cuando las olas cosquillearon sus dedos, supo que había llegado a alguna parte. Comprendió en ese instante porqué el horizonte era tan recto que su espíritu de hombre perdido se fundiese en él en un abrazo invisible. El aire atusaba su rostro que sintió como un terciopelo arrullaba sus despistes, como las briznas doradas de una melena de mujer extasiaba sus sentidos. Era menuda, casi frágil, casi etérea por los rayos solares, por aquel azul tan intenso del cielo. La vio pasar como si fuera un ángel salido del mar. Respiró hondo, mucho, hasta presentir el aroma marino, el salitre en sus pulmones y una voz anciana que le decía “Oiga, joven, sálgase de ahí que se está calando” Pablo volvió la cabeza y encontró una sonrisa desdentada que le pareció maravillosa. Se acercó al hombrecillo anciano y le dijo sin cortapisas que él nunca había pescado a pesar de haber pasado todos los veranos de su infancia en un puerto de mar. El acompañante del anciano, tan anciano como su compañero se levantó para ofrecerle una silla descascarilladla, Pablo se dejó sentar como se dejó guiar por aquella clase improvisada y, al caer la tarde, cuando el sol se ocultaba en aquel horizonte tan recto y previsible, Pablo sintió que una luz comenzaba a encender dentro de su ser.
Recogieron las cañas de pescar, todos los adminículos y regresaron despacio, muy despacio fundidos y una grata charla en la que pablo apenas colaboraba pero que escuchaba con sumo placer. Al despedirse de ellos quedaron para el día siguiente y allí estuvo puntual Pablo, como un clavo de puntual. Pasaron días y días en los que Pabló dormía profundamente, fumaba de vez en cuando dando largas bocanadas de humo, tomaba café, muy poco, pero lo disfrutaba. Comía salmorejo, manteca colorá. Se zambullía en un océano de olas locas y frías, aprendió a pescar y a disfrutar de la cúpula de estrellas que nacían encima de él cada noche.
Había días que llegaba antes a la playa que sus dos nuevos y únicos amigos y se relamía al contemplar que su consciencia era capaz de sentir, predecir cómo la noche, o la aurora, cómo el tránsito de la mar había dejado huellas inconfundibles: algas glotonas jugueteando entre sus dedos, conchas que habían perdido sus secretos y plumas, muchas plumas… “Mis gaviotas”, se decía Pablo “Sin duda han coleteado los vaivenes de las olas desplumándose en la cresta de la espuma. Después ha bajado la marea y ha dejado los restos del naufragio de miles de gaviotas” Y mientras esperaba Pablo comenzaba a sentirse como aquellas gaviotas que comienzan a aprender a volar. Sus ojos se perdían en su vuelo, en sus alas extendidas y alzadas al infinito…
Tanto intimó con la pareja de ancianos que una tarde se descubrió así mismo contándoles con voz entrecortada, emocionada, a veces profundamente triste, todo lo que le había pasado, esa enfermedad tonta llamada estrés depresivo agudo que había entrado lentamente como el veneno de una serpiente para arrebatarle la vida hasta que le dejó sin nada, solo. Cuando terminó el relato, estaba anocheciendo, pero antes de levantarse de sus tres sillas desvencijadas uno de los ancianos le dijo “En la vida pasan muchas cosas por casualidad, buenas y malas. Ésta, la que estás viviendo ahora, en este instante es buena. Eres consciente de que respiras, que ves como el sol se marcha, menudo, silencioso, grandioso dejando una estela anaranjada que ilumina tus pasos… Además, sabes que estás desnudo, sin nada, pero que tus manos, tu corazón y tu cabeza comienzan a ser capaces de construir sin prisas, sin desánimo, con voluntad un hombre. El hombre que tú quieras ser, querido amigo Pablo, y métete en la mollera que, si caes, no pasa nada, porque cada día que amanece habrá siempre, que tú quieras, una nueva oportunidad para ti… Vamos a celebrarlo, os invitaré a un chato en la cantina de mi nieta…” Y así emprendieron el camino de vuelta a casa, Pablo con su brazo izquierdo reposando sobre los hombros de uno de sus amigos mientras el sol se relamía a sus espaldas.
Entraron en la taberna o cantina, cada uno la llamaba de una forma, riéndose de un chiste muy malo que Pablo aprendió en la universidad. Se sentaron en una mesa coja, tan coja y encantadora como aquel local donde todo parecía de antaño, viejo obsoleto, pero con mucho encanto, limpio y bien cuidado. Una mano tostada de dedos largos posó ante ellos tres vasos de vino y ellos siguieron con su amena charla hasta que uno de ellos dijo “Clara, hija, tráenos unos huevos fritos con tranquilidad” Pablo soltó una carcajada al escuchar las palabras de su amigo y comió, comió aquellos huevos hechos de puntillas blancas y doradas mientras sus ojos se perdían en las profundidades del pelo de Clara, aquellas briznas pajizas que le cautivaron en los primeros días en la playa.
También la sonrisa de Clara espoleó a Pablo, el muchacho de treinta y siete años que una vez se perdió y que se encontró en el sur, un sur vestido de añil, de arenales limpios y dorados.


miércoles, 8 de noviembre de 2017

PEQUEÑAS ESPERANZAS

Está lloviendo de tal manera que las calles comienzan a ser riachuelos en búsqueda rápida de un destino. Isabel se refugia en un portal y mete la mano en un bolsillo del abrigo y luego vuelve su búsqueda al bolsillo derecho. De sobra sabe que tampoco va a encontrar nada, sin embargo no pierde la esperanza del milagro de última hora.
Así ha transcurrido siempre su vida, al borde del precipicio y, en el último instante, ocurría lo inesperado y volvía a empezar, siempre a empezar. Nunca le ha faltado el ánimo, más desde que murió Damián, su marido. Mala gente, peor marido y padre. Desde entonces cada noche se metió en la cama, aún con el estómago muchas veces vació pero tranquila, con esa paz que se siente del deber cumplido.
 Isabel ha sacado adelante a sus tres hijos, se sentía orgullosa de ellos. Buenos chicos trabajadores y honrados…, hasta que llegó la crisis hace dos años y comenzaron los despidos. El primero fue Arturo, el mayor y el más débil. Luego, Ramiro, pero Isabelita, la hija pequeña y ella misma, siguieron limpiando casas, cada vez menos hasta que su mundo femenino, ese bastión que tiene toda mujer para aguantar tormentas, truenos y rayos, se desvanece y cada vez menos esperanza.
Ella no fue de pedir, pero tuvo que solicitar que la fiaran en el supermercado de Felipe, en la carnicería. Ellos jamás preguntaron nada; la daban lo que pedía, pero llegó un momento que las deudas la ahogaban y su conciencia no le permitía pedir más. La cortaron la luz, luego el gas. Más tarde el agua… Arturo, que en el fondo se sentía el cabeza de familia, aceptó cualquier trabajo, hasta los más sucios… Todo ocurrió muy deprisa, piensa Isabel mientras mira como llueve. Son sus propias lágrimas las que caen del cielo… Arturo se juntó con gente de pocos escrúpulos siendo consciente de su declive pero engañando a su madre para no hacerla sufrir. Un buen día, antes de amanecer, llamaron apresuradamente a la puerta. Tantos golpes aporrearon a la puerta que les sacaron de un sueño frío. Era invierno y ni las mantas calentaban al aliento. Cuando abrieron se encontraron a la policía.
Enterraron a Arturo al día siguiente al mismo tiempo que Isabel se enteraba de cómo había muerto su hijo en un ajuste de cuentas; ella hubiera puesto las dos manos en el fuego sabiendo que nunca se quemaría porque sus hijos eran de lo mejor. Sin embargo, desde entonces, un mes atrás, la escocía todo el cuerpo mientras su corazón sangraba de pena.
Isabel se ajusta el abrigo y dentro de él derrama nostalgia, penas, mientras sigue lloviendo ahí fuera.
Un señor pasa y la mira. Ella siente que los ojos varoniles la miran con admiración. Sí, no lo puede negar, aún conserva la belleza de su juventud, y ese porte que hace de quien lo posee en una dignidad y elegancia innatas. Pero lejos de consolarla, a Isabel la entristece más porque para pedir limosna hay que poseer espíritu de indigente y ella no lo tiene aunque detrás de su máscara sus tripas rujan enfurecidas.
Sigue lloviendo pero más suave. Isabel estornuda por la humedad y, sin embargo, sale a la calle. En una papelera hay un paraguas roto; lo saca y lo abre. Al menos algo tapa, piensa mientras se encamina a la Iglesia de San Justo. Pronto habrá misa de doce, es domingo, Nochebuena. Tal vez hoy tenga suerte y caigan algunas monedas de los feligreses. Es navidad y a la gente se le pone el corazón más tierno.

Isabelita y Ramiro se acercan a la iglesia de San Justo a recoger a su madre; vienen contentos. En un supermercado cercano han sacado mercancía caducada; han llegado a tiempo.

Isabel ve llegar a sus dos cachorros. Sonríe y piensa que aún la queda lo más importante. Tal vez mañana su suerte cambie y pueda tejer su próxima esperanza, piensa. Mientras, abre sus brazos para alimentarse del amor de sus hijos. Hoy es Nochebuena y tendrán algo que llevarse a la boca… ¡Maldita crisis!

viernes, 20 de octubre de 2017

NADA CAMBIÓ

El teléfono sonó a una hora demasiado temprana; me asusté. Estaba tan dormida que no atinaba a buscar el móvil y cuando lo encontré, había dejado de sonar. Miré a ver quién era; mi amiga Nati, con lo Cual aún me asusté más y marqué rápidamente su número.
-Nati soy yo, ¿qué pasa? Son las seis y cinco de la mañana.
-Ya. Necesitaba oír tu voz.
-¿La mía? Cuánto más vieja, más tonta eres, hija. Deja de disfrazar las cosas como siempre y dime que te pica.
-¿Podemos quedar a tomar un café? A la hora que te venga bien, ¿vale?
-A las siete está la churrería de abajo abierta. Un poco de grasa para el cuerpo no nos vendrá mal. ¿Has visto como nieva?
-Sí. Parece un cuento. Ha estado toda la noche nevando.
-Vamos, que no has dormido. Me pongo el chándal y a la siete y cuarto estoy abajo.
-¡Gracias!-un lacónico gracias y escuchó como Nati colgaba.
De un tiempo a esta parte, Natividad Fuentes había cambiado. De ser una chica espontánea, divertida, se había convertido en un ser taciturno y Cristina en parte se echaba la culpa, tenía que haber hablado con ella, preguntarla. Sin embargo se había dedicado a mirar hacia otra parte, no quería problemas, bastante tenía con los suyos. Desde que se separó, Carlos se había vuelto intransigente y quisquilloso y la hacía la vida imposible con cualquier cosa que se resumía en los hijos. Lo que comenzó siendo una separación cívica por falta de compatibilidad de caracteres, se estaba convirtiendo en un infierno, más desde que Cristina perdió el trabajo y a duras penas llegaba a final de mes y su ex se negaba a pasarla más dinero “Puto dinero, siempre el cochino metal” Se dijo mientras se enfundaba el chándal.
Pero Nati, no tenía esos problemas, su vida era fácil. Soltera y con bufete, bien saneada la cuenta corriente y viajando en cuanto tenía oportunidad. Sí, a veces se quejaba de la soledad, pero Cristina a pesar de dos hijos, de vez en cuando también sentía la soledad como una punzada mortífera, pero tiraba hacia delante como cualquier hijo de vecino. Pero Nati, ¿qué, puñetas, pasaba a su amiga?
Cuando bajó a la churrería, ya estaba Nati sentada en un rincón. Su gesto era un poema.
-Venga, desembucha-dijo Cristina sin mediar más palabras, ni siquiera un buenos días.
-¿Nos pedimos un chocolate con bien de churros? Te advierto que tengo el estómago cerrado, no me entra ni un palillo.
-Entonces, ¿para qué quieres pedir chocolate con churros? Una tila para ti y yo chocolate y churritos calentitos, ¡qué bueno!
-¿Alguna vez perderás el humor, Cristina?
-No te cuento el montón de veces, ¿para qué? Mira este mes me falta pagar la factura del cole de Carlitos. La de Sara ya está pero Carlos como si oye llover…
-Te he dicho que cuando necesites, aquí estoy yo, Cristina…
-Oye, oye, no desvíes la temática. Estamos aquí para que me cuentes no sé qué…- Nati baja la cabeza y empotra los ojos en la mesa.
-No puedo seguir así, Cris. Llevo enferma más de diez años por callar, por negar…- y su voz se apaga en un lamento dolorido, silencioso.
-¿Enferma de qué? ¿Tienes cáncer?
-¡Burra! No, no es eso.
-¡Ay qué susto, guapa! ¿Entonces?
Enferma por negarme a evidenciar, Cristina.
-Evidenciar, ¿el qué, Nati? Desembucha, joder…
-Cristina llevo diez años sintiendo lo mismo y…-Nati arranca a llorar con desesperación. Cristina deja que su amiga desahogue las penas y cuando está más calmada la coge una de las manos y se la aprieta.
-Mírame, Nati, a los ojos y di en voz alta tu puñetero duelo.
-… Cris, estoy enamorada.
-¡Genial! Ya era hora, ¿y qué tiene de malo eso?, ¿es casado, es un suicida, un asesino?-Cristina trata de limar el dolor de su amiga como sea.
-Es… una mujer. Asun mi secretaria desde hace  quince años… Cris, soy lesbiana.
-¿Y?-Cristina taladra con sus ojos el rostro de su amiga.
-¿No te importa?
-¿Tú eres gilipollas?
-¿Lo sabías?
-Sí, desde que teníamos veinte años y ahora tenemos cuarenta y siete.
-¿Y por qué nunca me dijiste nada, imbécil?
-Vamos a ver, Nati, es tu vida. Tú tienes que asimilar tu condición, aceptarte, respetarte. Luego, los demás seremos otro tema. Pero eres tú, y nadie más que tú.
-¿Te corresponde?
-No sé.
-Y, ¿a qué esperas, a que os llegue la menopausia?
-Tengo ganas de chocolate con churros… ¿Me das un abrazo?, ¿Nada cambia?
-Sí, bonita, sí. Primero has cambiado una asquerosa tila por una suculenta ración de grasa con azúcar y dos, has decidido salir del armario y oler a naftalina.
Detrás del ventanal  sigue nevando, no ha amanecido aún, pero las risas de dos mujeres encienden un gélido día de invierno.


martes, 17 de octubre de 2017

SAUDADES

Hay recuerdos que por hermosos escuecen y los guardas en una de las estanterías de tu memoria para no perderlos; ahí duermen reposados, preñados de lluvia, gaviotas y luz. Pero un buen día suena el teléfono y el ayer vuelve con toda su intensidad…
Me llamaron para saber si quería ir a un congreso y dar una conferencia en Finisterre, por supuesto acepté. Hacía más de veinte años que no iba a Galicia y cuando colgué el teléfono las campanillas de mi memoria sonaban alborozadas. Hice el viaje en autobús con el resto de los ponentes. Buena compañía no fui pues una vez finalizadas las presentaciones, me disipé en mis pensamientos, en mirar el paisaje desde la ventanilla y esperar gozosa el olor a eucaliptus que embadurnó mi niñez y juventud. Se me pasó el viaje sin sentir y cuando bajé del bus un vientecillo impío, un silencio sordo camuflado de pajarillos adolescentes, me vinieron a recibir. El cielo era añil, en ninguna parte del mundo he visto ese color. Levanté la mirada y en aquella capota tan azul volví a ver los ojos que dejé veinte años atrás cuando me obligaron a irme a estudiar a Madrid. La ciudad era un pretexto pues en Santiago podía estudiar la misma carrera. Lo que querían era que me alejara de Manuel pues para él había otros planes mucho más ambiciosos y no emparentar con la hija del dueño de la fonda Do Miño. Y lloramos, lloramos como dos críos al separarnos y nos prometimos un amor incondicional, eterno y cartas y llamadas y escapadas, pero no pasó nada de eso.
Mis padres me llevaron a Santiago, me montaron en un avión y no volví. Fueron mis padres, los que al poco tiempo llegaron desarraigados a Madrid y allí los tres echamos unas raíces endebles, pobres pero el tiempo lo cura todo y el dinero ayuda. Mi padre vendió la fonda y con ese dinero y mucho más que no supe hasta tiempo después de dónde lo sacó, compró un pisito coqueto y un local chiquito en el barrio de Usera y cambiamos el mar por el asfalto. Nunca más volví a saber de Manuel ni mis cartas fueron contestadas ni tampoco mis llamadas; los años hicieron el resto. Yo no perdí el tiempo, estudié, viajé, me doctoré, viví intensamente, pero no me casé, no amé a nadie.
Nada más dejar la maleta en el hotel, he bajado corriendo a la playa. Tanto tiempo mis sentimientos dormidos y de pronto tan despiertos. La luz en mi piel, la espuma blanca del mar bravo. Mis pies hundiéndose en mi arena y un perro ladrando a una gaviota, pero esta ha insistido en acercarse a mí y con la mirada la he acariciado. Han llegado las nubes, el añil se ha ido, ha descendido la bruma y la lluvia ha venido a reconocer mi estado jubiloso de volverme a encontrar con miña terra.
De repente me ha dado por mirar la hora y he vuelto a echar a correr; en apenas media hora comenzaban los actos. Ni me ha dado tiempo a mirarme en el espejo. Me he vestido precipitadamente y con el pelo calado he ido deprisa hasta el salón de actos del ayuntamiento. Me he sentado en el primer hueco que he encontrado y he respirado hondo para recobrar la calma y esperado con la sonrisa abierta y la mirada encendida.
Estaba sentada en la esquina de la última fila cuando mis ojos chocaron con una silla de ruedas tres filas más adelante. El pelo canoso del hombre no coincidía con la vitalidad de sus gestos por lo que deduje que no era un anciano. Fueron instantes furtivos en los que mis ojos se pegaron a aquella figura que sin ser conocida me era muy familiar, pero el acto comenzó, las luces se apagaron y después de la inauguración del acto, tocó el momento de mi ponencia. Con paso seguro y decidido avancé hacia el estrado y después de mis saludos en mi lengua madre, comencé a desarrollar el tema que llevaba preparado. Costumbre adquirida en mis numerosas charlas es la de fijar la vista y moverla en tres emplazamientos y así lo hice. Busqué tres puntos de referencia siendo uno de ellos aquel hombre de la silla de ruedas que, sin ver su rostro por la lejanía y la falta de luz, me daba la seguridad necesaria. Una vez terminada mi ponencia, las luces y los aplausos se encendieron y lentamente después se fue desalojando la sala para pasar a tomar un coctel de cortesía. Me demoré en recoger mis papeles y cuando levanté la vista en la sala solo quedaba el hombre de la silla de ruedas.
Una ternura aterciopelada que se aleja del deseo carnal recorrió todo mi espíritu para sumergirme en el cuerpo encorvado donde se acinan los años y el tiempo que fue de aquel hombre que sin ser un anciano la vida le había tratado de una manera cruel.
De Manuel quedaba lo más importante: sus ojos, su sonrisa y su voz; poco después descubrí que también quedaba de él aquel amor que nos juramos.
Los planes de sus progenitores no se llevaron a cabo; un terrible accidente de moto sesgó las esperanzas de unos padres que compraron a otros padres para que retiraran de la circulación a su hija. Manuel tampoco se casó, pero realizó dos de sus sueños: ser veterinario y poeta…

De esta historia que acabo de relatar han pasado ya tres años. Volví a mis orígenes y me casé con Manuel. He renunciado a parte de mi vida profesional, pero he ganado en intensidad pues me siento viva por cualquier arista de mi ser. Ambos somos uno a pesar de aquella arruga en el tiempo que no nos dio tiempo a planchar.

lunes, 9 de octubre de 2017

IGNACIO

Mi querido hijo…

Espero que al recibo de la presente estés bien; yo bien.

Está amaneciendo y me he acordado de ti… Cada día, a esta hora, te enfundas las zapatillas y sales a dar los buenos días a esa ciudad que se despereza. Al rato vuelves habiendo cubierto la primera etapa. Te duchas y cambias el color de tu cuerpo con un traje y una camisa blanca; con maestría te miras en el espejo mientras las manos logran el nudo perfecto de una corbata que es la guinda para una presencia elegante con una chispa juvenil. Te observo desde un recodo del pasillo, me gusta mirarte desde esas esquinas que no controlas y así verte crecer sin interferir en esos minutos tan tuyos… Y pienso cómo eres, como te veo… Y sí, eres imperfecto, a veces egoísta, desordenado, tan cerrado para tus sentimientos que ni con taladradora puedo perforar lo que te duele y no dices…

¡Cuántas veces nos enzarzamos! Nuestras conversaciones son un combate de boxeo donde ninguno nos escuchamos. Nos echamos en cara hasta el calcetín que yace en el suelo mudo e ignorante ante tanta bobada de una madre y un hijo, pero cuando nos quitamos los guantes y nos bajamos del ring somos capaces de mirarnos y, aún con el orgullo herido, también nos susurramos un te quiero.

Lejos de esas manchas, tu corazón late sano, sin dobleces en tu carácter risueño. Tus ojos achinados siempre miran con tanta luz que cuando ríes parecen dos semáforos chocolate. Tus pies tienen alas, tu sonrisa es la tarjeta de presentación y eres, en resumen, tan buena gente que cuando te pienso me convenzo que como tú hay muchos y aunque paséis desapercibidos en la gran masa global, el mundo podrá despertar cada mañana con esperanza porque gente como tú hace que la vida merezca ser vivida con una enorme sonrisa.
¡Ah! Recuérdame  cuando nos veamos que nos tiremos durante un rato los trastos a la cabeza, lo echo de menos.

Te quiere… Tu madre

martes, 19 de septiembre de 2017

LA VENTANA

Hace un rato dejó de llover después de días carbonizados de agua y ceniza. Ahora entra un rayo de sol por la ventana. Es tierno y mestizo. La habitación se ha vestido de alegría y yo también.
Las plantas apostadas en la ventana brillan reventando su color verde entre las estrellas de agua que resbalan por sus hojas; sé que a Marcos le gustará mi casa.

Prepararé un chocolate caliente y lo pondré en la mesa camilla; está en el mejor lugar de la casa porque ves el ir y venir de la vida. En esta mesa me paso horas. Navego por Internet dándome unas alas increíbles. De vez en cuando retiro la mirada de la pantalla y miro por la ventana, siento que el mundo sigue ahí ante mis ojos. Por la mañana, las amas de casa, los estudiantes. Por las tardes, el paseo, las compras...

Aquí también escribo a mis amigos, esos desconocidos que encontré en la vida de internauta y que tanto me han dado. Hoy, por ejemplo, el chocolate que voy a preparar es para Marcos. Llevamos meses escribiéndonos, chateando y, al fin, hemos decidido conocernos. Le he invitado a venir, aunque me están entrando los nervios y sé el porqué.
Hay veces que le digo que él se ha convertido en mi mejor amigo, que me conoce mejor que yo. Desde que le conozco, sé que he cambiado, hasta mis padres me lo dicen. Antes era más huraña, insegura, reservada y de carácter agriado. Pero desde que mi padre me regalo el portátil, la vida de nuevo vino hacia mí.
... ¡Madre!, si son casi las cinco y estoy sin arreglarme; se me ha ido el tiempo en pensar lo feliz que soy...

José Daniel sigue delante del ordenador. Se atusa la calva tratando de encontrar una salida, pero ¿cuál?... Un padre hace por un hijo cualquier cosa que esté en su mano con tal de verle feliz. No repara en medios, ni en imaginación.
Cuando Beatriz, su hija de veintitrés años, tuvo el accidente de moto y se quedó postrada en una silla de ruedas, el mundo giró en torno a ella, pero nada de lo que hicieran devolvía un ápice de alegría a aquella criatura hasta que se le ocurrió comprarla un portátil. Lo malo es lo que siguió después. Se inventó un personaje, Marcos, y fue una mentira que se fue agrandando día a día, hasta hoy. Su hija esperaba a Marcos con una taza de chocolate y él, su padre, sin poderse bajar en la próxima estación...

-José Daniel, ¿te pasa algo? Estás pálido.
-Ah, hola, Rubén... -José Daniel se quedó callado mientras miraba a Rubén, el joven y recién estrenado tesorero de la empresa- Por cierto, ¿estás casado o tienes novia? - Rubén le pilló por sorpresa la pregunta, pero no pudo reprimir una sonrisa de comprensión hacia ese hombre que le estaba implorando.
- ¿Qué quieres pedirme, José Daniel? Me gusta mucho el chocolate, ¿me vas a invitar a tu casa esta tarde?
- ¿Cómo sabías...? -Los ojos de Rubén brillaron mientras se daba la vuelta hacia su mesa; ya era hora que recibiera un encargo. Llevaba seis meses esperando, ejerciendo de tesorero cuando en realidad era un ángel que se debía ganar las alas.

“¿Cómo sería la joven Beatriz?” Se preguntaba Rubén mientras revisaba unas cuentas, y buscaba en la memoria el capítulo de cómo no enamorarse de una mujer viva...

viernes, 1 de septiembre de 2017

TARTUFO

Un trueno, dos, tres y al cuarto la casa se iluminó unos segundos. Tartufo en ese momento se desperezaba. Se había quedado dormido en una tumbona vieja y abandonada al lado de la piscina. A duras penas pudo abrir los ojos, la luz grisácea le cegaba, pero un ruido insistente en la parte delantera de la casa le puso en alerta. Sigilosamente avanzó hasta la entrada y vio la puerta abierta preguntándose quién habría sido a esas horas. No utilizaba un reloj convencional, sino que usaba la luz como la manecilla que guiaba su rutina diaria. De pronto otro trueno y con él un chillido, una carcajada y la lluvia zumbona.
Le molestó esa agua que comenzó a descargar con furia una nube estúpida, empecinada en regar justamente en ese momento el jardín. Encima, los árboles animados por el viento, comenzaron con sus campanillas acuáticas a tocar una melodía divertida acorde con la voz que venía de dentro de la casa. Dudó si entrar o esperar y por último decidió esconderse en el viejo olivo. Desde allí agudizó las orejas y abrió bien los ojos esperando acontecimientos.
Apenas un rato cuando la vio aparecer. Su cuerpo era armonioso, pequeño. El cabello amarillo lo llevaba sujeto en una coleta y sonreía. Reía mientras la lluvia empapaba su ropa, “¡Se la ve tan feliz debajo del agua!” Se dijo Tartufo sin despegar sus ojos hipnotizados por aquella aparición inesperada “Tal vez es un duende, Tartufo, en forma de mujer. Mírala bien, solo la faltan las alas… Tartufo, va a ser un ángel” Así se hablaba así mismo como siempre lo hacía pues la soledad era su compañera, a la única que podía hablar y siguió mirándola, disfrutando de la visión hasta que oyó una voz gritando “Ana, Ana” y Tartufo chilló sin ser oído “¿Quién, puñetas, es este cenizo que osa estropearme este momento celestial?” A continuación, apareció un hombre que cuando vio a la mujer corrió hacia ella y la estrechó entre sus brazos poniéndose a hablar los dos a la vez “¡Qué gesto más humano! Hablar, hablar sin escucharse” Se dijo Tartufo malhumorado y celoso por haberle robado aquel desconocido su pequeño placer furtivo, aunque un rugido de sus tripas le hizo deslizarse de sus reflexiones. Llevaba horas sin comer, necesitaba pillar comida o sus fuerzas desfallecerían inmediatamente.
Se descolgó del olivo y con cautela de no ser visto se fue a la cocina. El suelo estaba lleno de bolsas lo cual le fascinó de tal manera que se tiró casi en plancha sobre ellas, pero justo en ese momento una algarabía de voces irrumpió en la cocina y Tartufo precipitadamente se escondió tras una bolsa. “¿Cuánta gente hay? ¿Quiénes son?” Se preguntaba cuando la bolsa tras la que se escondía fue retirada por una mano. Tartufo se vio descubierto y desnudo. Salió despavorido por la ventana sin mirar a donde iba hasta que oyó un frenazo y volvió la cabeza.
Un coche había parado delante de la casa y un hombre bajaba precipitadamente a mirar debajo del coche. Entonces Tartufo, como si su memoria fuera una gramola que se enciende, comenzó a recordar aquel día, una escena idéntica a la que acababa de ver… Una muchacha salía de una casa con alguien y cruzaba la carretera cuando, de repente, apareció un coche y la muchacha fue atropellada. Su acompañante pudo salir de debajo del coche y a duras penas llegar hasta la cuneta, allí justo donde se encontraba Tartufo ahora… Sin darse cuenta sus ojos se apagaron mientras una lluvia fina y dulce mojaba la piel de Tartufo.
La gente ruidosa y estridente salió de la casa a recibir al recién llegado “Son doce” Se dijo Tartufo nostálgico y entristecido mientras miraba al grupo desde la otra orilla de la carretera. Pero su tristeza lluviosa, sentida y transparente, se vio mitigada pues en el umbral de la casa estaba Ana mirando complacida al grupo. Sonreía, seguía sonriendo y la lluvia continuaba descargando agua mientras el petricor llegaba al olfato de Tartufo.
Le gustaba ese aroma a tierra mojada, incluso en invierno salía de la casa a deambular por el bosque con la excusa de oler la tierra y seguir el rastro… “¿Qué rastro?” Tartufo no sabía la respuesta, pero llevaba tiempo, demasiado, buscando una huella sin saber qué era lo que buscaba. Sí que recordaba una voz diciendo “A la mañana que se vuelve oscura sigue la noche, que se vuelve clara a solas con su sed, que hiere y cura…” Palabras que Tartufo no comprendía ni siquiera de dónde venían pero que a él le servían para seguir buscando sin desfallecer, para seguir esperando.
Y allí se quedó Tartufo en la cuneta mientras la noche llegaba lentamente y las luces y voces encendían el eco de la casa. Sintió el vacío, la soledad, la tristeza, el abandono y el frío. Tal vez esto último hizo que Tartufo se metiera en la casa y el placer del calor le reconfortara. Tanto que, después de haberse dado un festín con los restos de la cena de aquellos doce intrusos se fue a un rincón de la cocina a dormitar hasta que le despertaron las voces de tres mujeres. Como estaban de espaldas, no las veía bien así que de un salto se subió a la mesa. Literalmente y sin darse cuenta se puso delante de ellas a mirarlas y es cuando se dio cuenta de algo extraordinario: las tres cotorras, porque para Tartufo eran tres loros parlantes a la vez, no le veían “¡Cáspita, soy invisible!” Se dijo satisfecho Tartufo mientras que las mujeres se encaminaban hacia las escaleras y se metían en la habitación de la torre, justo la favorita suya “Estas tres se van a enterar de lo que vale un peine” Y dicho y hecho, Primero comenzó levantando y bajando la tapa de una maleta tan deprisa como podía. Paraba y miraba a las mujeres en cuyos rostros se había instalado el terror. Para finalizar, se encaramó en las cortinas con tan mala fortuna que se descolgaron cayendo él y las cortinas encima de las mujeres. Le dio pena pues comenzaron a chillar histéricas y decidió largarse y meterse en otro dormitorio en el que vio un haz de luz. Dos susurros de voces clamaban palabras de amor “Los humanos no tienen término medio o chillan o susurran. Me largo de aquí” Se dijo Tartufo deambulando por la casa y pensando en su próxima víctima; hacía tiempo que no se divertía tanto pues la casa estaba normalmente siempre vacía. Pasó por el comedor y vio que había vasos abandonados; como tenía bastante sed después del atracón de comida, decidió beberse el líquido. Era de distintos sabores y cuanto más bebía, más risa floja le entraba hasta que se cayó de la mesa y fue tambaleándose hasta una puerta entornada. Allí había alguien que roncaba y fue a taparle la boca para que dejara de hacer ruido cuando la boca del intruso se cerró quedando dentro una extremidad de Tartufo. De nada servía chillar, nadie le iba a escuchar así que decidió esperar. Espera breve pues la boca del tragaldabas volvió a abrirse y Tartufo salió corriendo como alma que lleva un diablo travieso.
Se estrelló contra la pared del fondo del pasillo. Estaba mareado y no era del golpe precisamente así que decidió ir a trompicones hasta la cocina a buscar algo de beber; tenía de pronto más sed que antes. Encontró una botella tumbada que goteaba líquido y bebió “Tatufo, no bebaz má, ece agua no e zana” Se dijo mientras trataba de incorporarse sin lograrlo, “Tatufo etás bodacho, mu bodacho, vete a domí la mona” Y Tartufo se quedó dormido abrazado a la botella hasta que pocas horas después, sin haber amanecido aún, fue despertado por voces. Apenas pudo abrir un ojo y vio a una mujer alta y esbelta de pelo zaíno que se estaba peleando con la cafetera “Si supiera la moza qué café más malo hace la máquina esa, se daría mejor a la bebida” Pensó Tartufo justo en el momento que entraba Ana y a él se le abrieron de par en par los ojos. Observó con qué destreza sacaba café de aquella máquina infernal. Sin pensarlo dos veces, Tartufo dio un salto y se fue al lado de Ana. Cada gota de café que caía fuera de la cafetera, Tartufo la lamía con avidez, pero un manotazo invisible e inesperado le mandó a tomar vientos. Cuando se recuperó del golpe miró quién le había propinado semejante desprecio y tampoco se lo pensó dos veces, se tiró encima de sus piernas y la comenzó a arañar “Toma, rubia encendida, toma de tu propio jarabe” … La rubia se restregaba las piernas con las manos mientras chillaba “En esta casa hay un fantasma” Todos se reían de ella, pero la voz de Ana dijo:
-Tranquilos, es Tartufo- y como si nada hubiera dicho, Ana siguió haciendo el café y Tartufo se quedó mudo, como si algo en su interior se hubiera, por fin, despertado y su cuerpecillo desnutrido, su ánimo famélico y su alma rota de ausencias, hubieran recobrado la vida que le perteneció.
En silencio, se salió al jardín, se tumbó al lado de una de las columnas del porche y dispuso a mirar la lluvia. El agua lavó las telarañas de su memoria para así recordar la otra vida que se le arrebató…
Sí, Tartufo no se llamaba así antes, ni siquiera era un gato como ahora sino un perro, un perro de la raza de los carlinos y se llamaba Frostriche, Frost para los amigos. Su ama era una cuentacuentos a la que la crecían las alas cuando se ponía a escribir. Entonces Frost se acurrucaba a sus pies mientras ella inventaba historias. Vivían en el campo y todos los días salían a pasear por el bosque. Hasta llegar a él, antes, tenían que cruzar una pequeña carretera por la que nunca pasaban coches, pero aquel día sí pasó uno y les atropelló a los dos. Frost pudo salir de debajo del coche hasta llegar a la cuneta y ver como sacaban a su ama de debajo del coche, la tapaban con algo y se la llevaban para siempre. Frost, entonces se adentró en el bosque hasta cerrar los ojos y cuando los abrió había un hombre a su lado que le acariciaba y le decía “Pareces un gato abandonado. Te llamaré Tartufo y yo seré Enrique y me dedicaré a cazar palabras mientras tú encuentras a tu duende”
La tarde languidece mientras la lluvia sigue un vals acompasado con el ritmo de las hojas de los árboles. Ana sale al porche, se sienta en el silencio de esa hora mansa y dice “Tartufo ven conmigo. Te voy a leer un poema de Antonio Gala…A la mañana que se vuelve oscura sigue la noche, que se vuelve clara a solas con su sed, que hiere y cura” De un salto el gato se acurruca entre sus piernas; a lo lejos se ve partir a Enrique y a los otros habitantes de la casa. Antes, todos se vuelven y dicen adiós con un pañuelo blanco.

Tartufo y Ana echan a volar. Ahora son dos charranes, de cola horquillada y esbeltas alas…

martes, 22 de agosto de 2017

UNA FRESA PARA TÍ

Me estoy comiendo una fresa y cada vez que lo hago viene a mi memoria Arturo. La muerdo despacio, la tengo en la boca un buen rato para que todo su sabor endulce mi corazón, tal como lo hacía él.

Cuando Arturo comía fresas, sus ojos del color de la nuez echaban chispas y en su boca se dibujaba esa sonrisa amable que todo ser humano debería tener. Un mechón rubio ceniza se descolgaba por la frente iluminando un rostro corriente pero lleno de ángel. Arturo no era un hombre bello, no, sin embargo, tenía algo que le hacía especial. No me explico cómo no teniendo nada, poseía tanto. Era tan dulce como la fresa de mayo, tan buena gente que daba todo su ser según despertaba cada mañana. Amelia, su madre, le miraba con el orgullo de madre que no se puede disimular, surge sin más y a borbotones. No hacía falta que dijera nada; hay muchos momentos que los gestos cuentan más que un puñado de palabras.

Le conocí por casualidad. Vendía pipas y chucherías en un carrito ambulante; era primavera. En una esquina de su quiosco siempre había florecillas frescas y, a las muchachas que hacían sonar una campanilla que, según él, tenía cerca del corazón, cogía con sus manecillas torpes y se las regalaba. A mí me regaló un poquito de azahar diciéndome “Huele usted igual que un naranjo”

Al llegar mayo, añadía a su mercancía fresas del huerto de su madre; poco le duraban. Las vendía rápidamente en pequeños cucuruchos de papel de estraza. Nunca más de seis pues decía que si no, no tendría para todos sus clientes.

Un buen día desapareció de su lugar habitual y, al ver que pasaban los días sin que volviera, pregunté a uno de los camareros del café de la plaza; me dijeron que estaba muy enfermo. Una paliza de unos gamberros había terminado con su sonrisa. Él trató de defender con la vida el carrito inmaculado, pero su fortaleza era mínima y…

Me dieron la dirección y me acerqué a su casa, una barriada de casitas molineras muy humildes. Al dar la vuelta a la esquina, supe cuál era su casa. Un remolino de gente silenciosa estaba parada delante de una puerta mientras otros miraban a una ventana enrejada con la persiana de esparto levantada; decían adiós a Arturo, un muchacho de treinta años con síndrome de Down.


Era principios de junio. Una mujer salió de la puerta, en sus manos llevaba un pequeño cestillo lleno de fresas que fue compartiendo mientras las lágrimas corrían cuesta abajo.